sábado, 26 de septiembre de 2009

lanza infinitos con mermelada de fresa!


Cuando se enamora las manos toman la apariencia de un lugar donde se brinda con la mirada. El vestido, aquel de flores que le deja los hombros desnudos, se ladea un poco más hacia el oeste. Cuando se enamora mira el techo como si fuera a desprenderse. Y entonces sale y camina por la ciudad buscando obras derretidas de aquella chica con cabello triste y labios sensuales. Busca en el bolsillo, para no perder la primavera, un bolígrafo y un trozo de papel.

Los globos se llevan el silencio de a poco para no estallar en pleno vuelo. Ese abismo pequeñito que guarda en el bolsillo de la chaqueta le sirve como salida de emergencia cuando no hay ventanas por las que mirar. desde la otra linea un sujeto espera el punto final de ese paréntesis que nunca se cierra.


martes, 22 de septiembre de 2009

El norte se le pierde en los finales felices.




Busca en el suelo pedacitos de una fruta que no alcanza a distinguir. Ese extraño sujeto que mantenía las manos en los bolsillos para no dejarse llevar por el viento. Un desconocido que a primera impresión sabias que era ese libro abierto que no lograste llevarte de viaje.
La tarde se vuelve tímida con el paso del tiempo. Como si quisiera instalarse en sus huellas y hacer circunferencias con el olor a café que acostumbra difundir su cuarto. Siempre que entra pregunta por cubos de azúcar, porque sabe que le gusta más que nada en el mundo el dulce mezclado con un poco de vacuidad.
Se rinde y se apoya sobre la mesa. Hoy es uno de esos días que si comieras una fruta en este instante, no importaría el final.

Recoge el atardecer en una maleta que no contenga desiertos, porque si llegas a juntar el calor de la tarde y el sabor a frambuesa con una soledad subterránea de desierto podrías causar el fin del mundo y no habría nadie que recogiera los infinitos olores y los infinitos humos que hay bajo la casualidad de sus nervios.

martes, 15 de septiembre de 2009

El día que la conociste… en Japón dejaron de maullar los gatos negros.


Baja la cabeza para que el frio no le tome despreocupada y con el cabello en otra ciudad

Lleva en la chaqueta bombones y papeles con dibujos de barcos enormes que se simplifican en palabras bonitas, como claraboya o caleidoscopio. Parece que inventa tormentas y kamikazes en laberintos desbordados por trampas para trenes que cuelgan de las ventanas. Le duele un poco la mano derecha porque estuvo redactando cartas toda la noche. Enviando besos que saben a chocolate y a lunes sin nada que hacer. Hace poco dejo toda la correspondencia. Solo una carta se quedo en su chaqueta.

La de esa mujer que conociste una noche en que todo parecía obra de Leonora Carrington y te sentaste con el vestido recogido entre las piernas mientras ella te enseñaba a encender un cigarrillo. Y mientras te llevabas las manos a la boca ella se pasaba los dedos por el cabello imitando una vieja canción de kurt cobain.


sábado, 5 de septiembre de 2009

Como en otros tiempos… quiere pastel de manzana y cigarrillos


Cuando levanta la cabeza, con el café frio y los labios secos, le mira y no tiene nada de que hablar. El bar parece una pintura de esas en que todo se distorsiona y crea un caos en la mirada del espectador. Ella sigue allí en letargo discontinuo. Pensando en horas que atraviesan las uñas y las ganas de tomar un escopeta para olvidar los tiquetes y los trenes que no llegan.
Necesitas oxidar las tardes con algunas copas de tequila. Necesitas mirar menos los desiertos, no deberías recordar tanto que los otoños se complementan con los inviernos.
Quisiera darle un beso en la mejilla. Después de beber todo el café del mundo no tienes idea de lo que sigue luego, ella también se quedara con los brazos cruzados y con las esquinas del cuello desarmadas.
Nunca olvidara como caía la noche en su cabello. Pasando un cigarrillo sin encender y secuenciando las palabras como copas que se quiebran en los bolsillos.