miércoles, 29 de julio de 2009

Y luego… nada











Se sirve un trago. Sabe que la mirada tambalea en el aire. Su falda sube 2 milímetros cada cuatro minutos. La luz le sofoca el cabello y le estropea el labial. No usa ceniceros. Prefiere el polvo pululando entre insectos invisibles. Tiene los talones en la frontera de un atardecer mexicano y su espectador la observa entre efectos secundarios y naufragios planeados.

Cuando gire la cabeza hacia la izquierda le vi allí, dormido y con los labios perturbados, soñando que quizá me lanzaba desde la azotea con cartas y monedas que no pudo recuperar en las maquinas de juego. Quizá soñaba con iconoclastas y tormentas retrasadas. Nunca me gustaron las invitaciones, por eso soy presa fácil de la casualidad.

Despierta extraña. Recoge la falda y los cigarrillos. Cierra la puerta silenciosamente. El cuarto queda recogido en palpitaciones pausadas.

lunes, 27 de julio de 2009

Sin crayolas para trazar el calor de la carretera.


por un momento sintió que el mundo se apagaba en sus piernas. Las canciones se detenían en la memoria. Los libros quedaban resbalando entre las uñas mientras miraba el incendio a lo lejos.

Esa tarde había estado jugando con una cerilla y un cigarrillo, cerca de la gasolinera. Con el cabello recogido y la camisa arrugada. Los jeans manchados, como si la geografía de los pantanos estuviera resumida en ellos. Nunca supo manejar una bicicleta, lo recuerda, ahora que pasa un joven alto, de cabello oscuro, repartiendo la prensa en una bicicleta oxidada.

Siente paracaidistas en el cuello. Entra en un letargo infinito. Olvida como llego a la ciudad. Su memoria es una puta que sufre de narcolepsia y que la deja atropellada contra cualquier clima, incluso en las ciudades donde no hay niebla.

Sigue mirando, aburriéndose enormemente de no poder volver. Porque la cerilla, el cigarrillo y la gasolina provocaron un incendio. Porque su memoria, en ese momento, tomaba vino en sus pulmones, intoxicándose con el humo y el vapor de un viaje que no pudo retener.

Así como la bicicleta y el oxido, nunca aprendió a coger bien el cigarrillo con la mano izquierda.

El cielo se destroza en pedazos oscuros y la ciudad, a parte de las llamas, comienza a iluminar con faros aquellos ojos cansados de los vagabundos.

viernes, 24 de julio de 2009

El humo hace malabares en sus labios.


Atraviesan la ciudad como si estuvieran perdidos. Se toman de la mano como si fuera la primera vez. Tímidamente roban monedas de los teléfonos públicos. A ella le encanta correr cuando siente el peso de un trueno sobre su medula, a él le gusta tomarla de la cintura y besarla cuando la lluvia ha terminado. Piensan en una copa que cae en Rusia. Piensan que los rieles del tren son el mejor sitio para tocarse el cuello y desfigurar las nubes.

-¿Que es el es el amor?

-Lanzarle piedras a otro que es invisible

-¿la soledad?

-Lanzarle piedras a un tren fantasma antes de que triture el cráneo de la mujer fatal

-¿Todo es lanzar piedras?

-Aproximadamente.

A veces sus carcajadas hacen que la ciudad tiemble y que él busque las botellas en la nevera de otra habitación. Fuma con los brazos sobre la ventana. Decide que algún día la dinamita le alcanzara para humedecer la epidermis que resbala por las copas. No es necesario buscar la salida mientras tenga un cigarrillo en las manos.

sábado, 18 de julio de 2009

tres veces puta


Las moscas llegaban a la luz roja puntualmente. Listas para una cita secreta y archivada en los túneles verticales del cerebro de un espectador. Ella arrastraba el mundo con el sonido de sus tacones rojos. Se sentaba de lado. Y sonaba Emiliana Torrini también en una puntualidad extraordinaria. En una cercanía lejana. Miraba el bar como una ciudad con frio y sin nieve. Como una ciudad sin ubicación en los recuerdos de nadie. Luego pedía una copa de vino.

No hacia falta encender un cigarrillo porque la nicotina y los desplantes los tenía guardados en los dedos como un niño cuando guarda sus juguetes en una caja de cartón.

-Puta por ser mujer, puta por mirar el sur como un punto que estalla en el vacio. Puta porque la última vez que te invite a bailar me dijiste que la música te recordaba la guerra.-

El hombre siempre le decía aquellas palabras, sonando como bombas en una dimension incolora, como un ritual, como un pacto que tuviera con este abismo diagonal a las sombras. Y yo me quedaba mirando el hilo de humo que salía de la boca del cantinero. Sintiendo como una docena de explosiones que laten entre las vertebras y exprimen la respiración.

lunes, 13 de julio de 2009

Un parqueadero que suena a ronroneos de gatos en invierno.


..."Es como ver la fotografía de un hombre que fuma y que piensa en Francia al mismo tiempo, cuando zaz… el hombre corre porque un incendio amenaza con saltar sobre su espalda"....

Siente que la literatura la penetra, la jode violentamente en un baño de Paris, la cuelga en el cuello de un extranjero atónito que mira los teatros con aire cansado y de supervivencia.

Recostada en la ventana de un autobús, se dirige al parque Marsellé Rande.

Tiene botas de invierno, camisa con olor a tango y jeans para salir a cazar conejos.

Cuando se asombra de lo que lee, cuando las letras comienzan a interactuar con las terminaciones nerviosas, con el afán de sus pómulos por una carcajada o una desilusión extravagante mira la ventana y se sonríe a si misma. En el reflejo.

Tiene que bajarse del bus y caminar dos manzanas, o dos piñas o dos peras que se desbordan continuamente.

Los edificios altos, muy altos le asustan, porque cree que en cualquier momento se derrumbarán sobre su peinado. Siente agujas escalando su garganta. Un batallón de hormigas sacadas de la segunda guerra mundial que juegan a caminar y a dispararse en 3..., 2..., 1... segundo y todo se va. Como las aves cuando terminan de agitar y saturar los vientos de algún parque.

domingo, 12 de julio de 2009

Lanzarías una moneda y el aire te dejaría sin una batalla mas.



Los fósforos se mojan. No hay más cigarrillos en la chaqueta. Se deja caer interiormente y suena un estruendo que sabe a cacería de pájaros en mitad de la noche. Ya no hay lugares que la dejen escapar como antes. Recostada en el árbol piensa en cometas azules. En viajes a Japón. Una voz en su cabeza le habla de esferas que nunca lograron resbalar en la acidez de un licor con francotiradores en el borde del vaso. Vuelve a la chaqueta. Revisa por última vez. La lluvia comienza de nuevo a humedecer las sombras y las ideas que se le desparraman por el cuello. No pasan del esternón esos viejos comentarios sobre un libro pasado. Tampoco pasan los gritos que suenan a truenos lejanos. Lanzarías una moneda ahora y se volvería alfiler que suena contra los huesos con el viento del norte.

jueves, 9 de julio de 2009

Flota al nivel de una ciudad extraviada.


Amanece en el oeste de cualquier lugar. Recuerda las cosas por la posición del sol, por como se inclinan los lugares y los transeúntes cuando el sol forma ángulos oblicuos. Por eso no le gustan los días de lluvia, porque no recuerda nada. Las paredes están agrietadas por tanta soledad, por el olor a café recién hecho. Hay tanto polvo en este edificio que sus pensamientos terminan ensombrecidos y algo mohosos con las partículas de la mugre.

Su cabello parece una canción de sex pistols. Cada mañana quiere un alimento extravagante. Un algodón de azúcar, una paleta de chocolate, una taza de café con vainilla…los elefantes rosados no son tan maravillosos ahora, ni los globos de helio, en estos días solo piensa en desiertos y en vacas que atraviesan alfileres como conejos imaginarios.

Siente un piano sonando a su lado, pero sabe que es el efecto de un desierto que se le acumula en la nariz y en la boca.

lunes, 6 de julio de 2009

Le hace falta una escopeta y una canción de cat power que no termine nunca









Juega a tirar piedras al otro lado de la calle. Ninguna llega tan lejos como para ser intergaláctica. Irreconocible. Ya no hay pájaros para espiar. Ni pájaros que espían. El frio es el enemigo de esas rocas que silban y se estacionan en el pecho. Ya no esta. No puede volver a ese sitio donde jugó al póker, porque perdió su brújula y su mapa. Aunque todos dicen que queda a dos metros, el lugar. Otra roca y una pérdida sencilla que envían por correspondencia o un beso que lanzan desde la ciudad vecina transportado por el helio. Atraviesa figuras imaginarias y se cruza de piernas. Ya no tiene rocas, y el frio congela su hipotálamo. Desorbitada y sin saber que hombre la espera esta noche en casa. Extraña a alguien enormemente, pero aun no recuerda del todo su manera de sonreír.

sábado, 4 de julio de 2009

stop please


Hablan y hablan, se repiten poemas, se repiten comentarios, se repiten historias con algun detalle de más. Extrañan a ese hombre que lo echaron de su propia fiesta. Extrañan esa ultima canción de tango que sonó hace rato porque era la canción favorita de ella.

Y siguen hablando aunque no tengan que decir nada. Siguen riéndose y abrazándose. Entre guiños y puntos a parte. Cuando definitivamente se acaban las palabras, cuando las botellas están todas apiladas sobre la mesa, él comienza a hablar de ella. Comienza a describirle sus curvas, su despertar que es como la fotografía de un desierto. Comienza a hablar de las horas con ella. De sus tragos al son de la nada, del azar que los toma de la mano y los lleva a un lugar donde las agujas caen paradas. Se repiten gestos, se repiten silencios y bandoneones lejanos.

Entre ambos se miran dos tristezas escondidas tras los parpados. Sujetan la botella fuertemente. Y esperan allí sentados, con el olvido retorciéndose en el cuello, esperan que el techo se caiga desde la comisura de sus labios.

Ella es un barco que no flota, un barco roto que se hunde en otro amante invisible. En otro cuerpo que inspira al silencio del vértigo cuando una gota cae. La humedad. El hombre que vivió en su propia sombra aterrado de escuchar tantas risas desde la ventana .un desconocido reposando en los ángulos de sus atardeceres.

Piden un cigarrillo y ya no tienen de que hablar.

jueves, 2 de julio de 2009

Sus noches son una canción escandalosa y recortada


No sabe que hora es exactamente, nunca lo supo. Odiaba los relojes. Odiaba que el tiempo se detuviera en un flash.

Suena jazz. Ella se hunde en el asiento trasero. Pide una segunda oportunidad de tomar la calle correcta, el taxista la observa por el espejo retrovisor. Dice que ha visto nevar bajo un teléfono público cuando un gato buscaba las direcciones mas complicadas del mundo.

Deja sonar la canción. Se echa el cabello hacia atrás y estalla en un naufragio de lágrimas. Se cuestiona, se tambalea allí atrás y el taxista ahora no sabe porque calle continuar su recorrido. Son espadas las que lanzan desde el otro lado del mundo y no cuchillos.

Él no es un taxista que sueña con astronautas y con canciones de folk, él no lanza las monedas para que una cara caiga en Argentina y otra en España. Él no es un taxista que piensa en los paralelos del mundo que se ríen de sus gestos tristes a carcajadas. No es como ella que piensa en la vida como un cigarrillo húmedo en el pulmón derecho