domingo, 31 de mayo de 2009

humedad en carreteras


Eran las tres de la tarde. Mientras trataba de recordar donde estaba y recortar la línea del horizonte con ceniceros antiguos. Mira al sujeto que esta diagonal a ella. Él hace una mueca simpática y la llama con los dedos.


Se acerca con cuidado, y él le pide un tinto; era eso lo que ella esperaba, esa simple petición. Pero ¿donde estaban las cafeteras?; para despistarlo le contó una historia:

-Hace tiempo trabajaba en otra gasolinera, una mejor. Todos los autos que llegaban allí eran de colores derretidos y personas fragmentadas con atardeceres en los ojos. Casi siempre llegaba con resaca y me bebía cuatro tintos para tomar el día por el cuello y hacer mi trabajo, disfrutando de esos autos con parabrisas rotos y ventanas asesinas.-

El hombre la mira detenidamente, allí, en esa mesa de madera, posando para una foto que nadie podrá capturar. Saca la cajetilla de los cigarrillos y le ofrece uno a ella.

- -Lo único que recuerdo con total seguridad es quemar las puntas de las palabras con cigarrillos.-

Así están las cosas hoy. De perfil ante el desfile de autos que atraviesan el desierto en busca de cuatro tintos en la gasolinera. Una mujer le habla al desconocido como si fuera la última vez que tuviera el humo de testigo ante esa conversación que puede terminar.

viernes, 29 de mayo de 2009

Terminó jugando al póker en un asilo para fantasmas


Tarde de jueves. 32 grados centígrados fuera, 0.8 grados centígrados en el tórax.



-Hace un calor inabarcable, dan ganas de arrancarse la piel a mordiscos.-

-En mi niñez sentía más calor que ahora, sobre todo en las rodillas.-

-Sabes? Yo no recuerdo mi niñez.-

-El castigo cuando tomaba caramelos a escondidas o fumaba debajo de la cama, era aceite en las piernas, bajo un sol reticular.-

-A veces inventó historias y poemas, sobre todo historias sobre enanos en maletas rojas. O enanos perdidos en un bosque sin cortinas para producir videos.-

-Me sentaban en el patio con las manos y las piernas amarradas. Con el alma también comprimida en el ardor.-

-Deberíamos jugar al póker y no este juego…¿ cómo decías que se llamaba?.-

-Póker.-

Al atardecer abrió la sombrilla y tiró dos vasos por el wáter. Nunca más volvió a saber de ella.

jueves, 28 de mayo de 2009

un cigarrillo y dos bombones de frambuesa


Volvió a preguntar mi nombre por tercera vez. pienso que son las copas rompiendo la sangre o tal vez la nicotina los causantes de ese olvido regado en sus pómulos o en el carmín de sus labios. Fingir los desiertos mentales es tan fácil como recordar después de un tequila bañado con limón y álcali.

Al encender el cigarrillo me habla de una mujer que todo lo olvida. Pierde las llaves y todos los papeles, mas tarde escabulle sombrillas y chaquetas tras las huellas de sus tacones rojos.

-Contaba las historias al revés, en alguna parte de sus anécdotas inventaba canciones y refranes.- dijo la chica con el cigarrillo entre los dedos.-Una de sus cartas decía algo asi:

Ahora estoy en Manhattan creando videojuegos para niños dementes, con padres que llegan a casa los viernes en un mar de alcoholismo y suciedad… he pensado en los números, pero no tengo repuesta a lo que dice el profe de cine acerca de Godard. Por supuesto mandare por ti, sabes que soy una fotografía mutilada… tengo que colgar, no se cuando pueda acabarse la moneda y es mejor que esto termine pronto, mañana tendré que servir muchos tintos en esa gasolinera donde te conté que trabajaba, no se donde estoy ahora, pronto anochecerá y no recuerdo la ruta del bus que me dejará en casa. De cualquier modo, volveré a escribirte, en este lugar tan deprimente, recuerda que eres …

Y seguramente allí se terminaban las monedas, no del teléfono, como te dije era una carta, sino las monedas de su locura, de su consciencia que agoniza en el mejor de los momentos.- termina diciendo ella, la mujer que no recuerda mi nombre.

Como no pensar que tal vez fuera ella misma recordándose por lapsos de tiempo. Y esa carta fuera entonces, una carta que me mando desde el hospital.

Ahora mientras se recupera me mira en una eternidad inmediata. Quisiera mojarla de nuevo como la primera vez; aquella cuando comprábamos cigarrillos y bombones de frambuesa.

Ella insiste en saber como me llamo.

lunes, 25 de mayo de 2009

martes, 19 de mayo de 2009

El hombre de recuerdos prestados

el martes era uno de esos días con el clima al revés, con las copas en el aire y la música imposible de sacar de la cabeza. Él salía a la ventana, buscaba sobre los tejados restos de un gato negro y luego volvía a entrar, se preparaba un café no muy oscuro, no muy agrio, se miraba al espejo, sonreía con aire hipócrita y luego volvía a la ventana. Cuando se aburría giraba la chapa, por una línea perpendicular a su vida asomaba la mirada, espiaba el pasillo, pero nada ocurría allí.

Nadie llegaba a poner bombas en su edificio, nadie hacia estallar la pipeta del gas por accidente. Ni siquiera dejaban la puerta abierta para que un ladrón por casualidad, por simple y pura casualidad se llevara las cuentas, las cartas del primer amor, las fotografías del niño que le regalo un dulce en verano.

Era un cuarto pequeño, con una cama de madera y un colchón viejo con cigarrillos doblados por la mitad; estaba limpio. Un baño en la esquina derecha y un cuadro de la época victoriana, partido en las puntas y con restos de humedad.

Cierra la puerta con cuidado. Otra taza de tinto, ni muy oscuro ni muy agrio, un pedazo de gato negro sobre el techo vecino.

Ese libro que te regaló la chica rubia, la del cabello corto que pidió un chocolate y mermelada. Era enigmática, se sentaba de lado y cuando caminaba seguramente hacia temblar una ciudad del continente continuo.

Tal vez ese hombre de enfrente que mira aterrorizado esta ventana, venga y robe este cuarto, se lleve mis cajas de cigarrillo, mis papeles guardados en un nochero invisible, mi maquina de escribir hurtada cuando aun no cumplía quince años.

Tendré que esperar con las piernas fuera, para que el extraño sujeto se sienta como en casa.

Crónica de una litera


Después de mirar la hora, se acomoda en el asiento, inclina su cuello hacia un lado, recortando el día con un viento ligero. Al otro lado hay tres señoras, una tiene cara de no haber dormido durante cinco décadas, de haber esperado en el polo norte un oasis de exageración. La otra se lleva los dedos a los ojos constantemente, queriendo sacarse de los parpados una fotografía rota de una escena feliz. La tercera no hace nada.

Antes de salir puso un vaso de agua sobre el fregadero. Las cortinas estaban sucias, los muebles tenían pedacitos de papel y una carta era leída por el frio de la mañana.

Sus tacones le recuerdan una de esas películas donde la protagonista corre y siempre pierde un zapato, una pierna, un amante, un mapa que le salvara la vida.

Le ve venir desde lejos, tiene un charco en el alma, ese hombre que viene casi corriendo, tiene una tormenta donde los paraguas son cuchillos de asesinos centrifugados y las latas de cerveza estallan en el cerebro, uno dos tres.

Llegas cinco minutos tarde.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Se mira las manos con un cansancio ajeno y descansa sus parpados sobre el tejado de una casa vieja. En sus rodillas suena una canción de cat power. Alguien en su pecho jugaba al golf y aceleraba el pulso con el paso del tiempo. Una próxima canción estallará en su cerebro como ese huracán de la ciudad perdida en el cuento que leyó una noche junto a la fogata, era invierno y se sentía sola, entre los juguetes casi reales de esa jovencita que ahora la deja esperando en las vías de un tren.

sábado, 2 de mayo de 2009

otra descripcion de Clemencia


Clemencia era una muestra gratis de tristeza

La mujer que espera en el umbral del destino

Que toma el futuro como una marioneta rota

Imaginando atardeceres en los desiertos de sonora

Escuchando cuchillos interiores que caen de pie y a prisa

Clemencia es una sombra que se presenta con elegancia

Dentro de la caja no quedaron luces ni electricidad

Los suicidios por claustrofobia han bajado de peso

Y la realidad no es mas que un cuadro fragmentado con replicas de una historieta que nadie quiere repetir

Bajarse del mundo cuando ni un solo hombre te pide permiso

Para soportar las tragedias que poco a poco consiguen instalarse en el tórax

Tengo sed y el mundo sigue girando sin contemplar los horizontes de un parque al que nadie asiste por temor a los pájaros