lunes, 27 de julio de 2009

Sin crayolas para trazar el calor de la carretera.


por un momento sintió que el mundo se apagaba en sus piernas. Las canciones se detenían en la memoria. Los libros quedaban resbalando entre las uñas mientras miraba el incendio a lo lejos.

Esa tarde había estado jugando con una cerilla y un cigarrillo, cerca de la gasolinera. Con el cabello recogido y la camisa arrugada. Los jeans manchados, como si la geografía de los pantanos estuviera resumida en ellos. Nunca supo manejar una bicicleta, lo recuerda, ahora que pasa un joven alto, de cabello oscuro, repartiendo la prensa en una bicicleta oxidada.

Siente paracaidistas en el cuello. Entra en un letargo infinito. Olvida como llego a la ciudad. Su memoria es una puta que sufre de narcolepsia y que la deja atropellada contra cualquier clima, incluso en las ciudades donde no hay niebla.

Sigue mirando, aburriéndose enormemente de no poder volver. Porque la cerilla, el cigarrillo y la gasolina provocaron un incendio. Porque su memoria, en ese momento, tomaba vino en sus pulmones, intoxicándose con el humo y el vapor de un viaje que no pudo retener.

Así como la bicicleta y el oxido, nunca aprendió a coger bien el cigarrillo con la mano izquierda.

El cielo se destroza en pedazos oscuros y la ciudad, a parte de las llamas, comienza a iluminar con faros aquellos ojos cansados de los vagabundos.

2 comentarios:

  1. Prestame esta frase para una carta que ando escribiendo "paracaidistas en el cuello". Acepto las demandas.

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