viernes, 5 de junio de 2009

en ese viejo café donde tomamos cerveza una noche


Le temía a la lluvia porque incendiaba los paraguas cuando su cuerpo ardía en cenizas y hologramas. Conservaba algunas cicatrices en las piernas, una de las cicatrices tenía una historia particular sobre monstruos despeinados que habitaban bajo las botellas y le observaban desde una vía láctea indescifrable.

Podre contarte muchas historias esta noche. Espérame allí, con una botella de vino y un cigarrillo que me mate de la impresión.

Nunca contestó mis cartas. Todo se le escurría en las manos sin medida ni aproximación.

Esos tacones rojos que tiene ahora, que se dirigen directo a un desconocido con copas vacías sobre la mesa, la recibe con un beso en la boca, y ella lo acepta, porque todavía no recuerda si es él o yo quien la espera en este bar de cuerpos carbonizados.

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