martes, 19 de mayo de 2009

El hombre de recuerdos prestados

el martes era uno de esos días con el clima al revés, con las copas en el aire y la música imposible de sacar de la cabeza. Él salía a la ventana, buscaba sobre los tejados restos de un gato negro y luego volvía a entrar, se preparaba un café no muy oscuro, no muy agrio, se miraba al espejo, sonreía con aire hipócrita y luego volvía a la ventana. Cuando se aburría giraba la chapa, por una línea perpendicular a su vida asomaba la mirada, espiaba el pasillo, pero nada ocurría allí.

Nadie llegaba a poner bombas en su edificio, nadie hacia estallar la pipeta del gas por accidente. Ni siquiera dejaban la puerta abierta para que un ladrón por casualidad, por simple y pura casualidad se llevara las cuentas, las cartas del primer amor, las fotografías del niño que le regalo un dulce en verano.

Era un cuarto pequeño, con una cama de madera y un colchón viejo con cigarrillos doblados por la mitad; estaba limpio. Un baño en la esquina derecha y un cuadro de la época victoriana, partido en las puntas y con restos de humedad.

Cierra la puerta con cuidado. Otra taza de tinto, ni muy oscuro ni muy agrio, un pedazo de gato negro sobre el techo vecino.

Ese libro que te regaló la chica rubia, la del cabello corto que pidió un chocolate y mermelada. Era enigmática, se sentaba de lado y cuando caminaba seguramente hacia temblar una ciudad del continente continuo.

Tal vez ese hombre de enfrente que mira aterrorizado esta ventana, venga y robe este cuarto, se lleve mis cajas de cigarrillo, mis papeles guardados en un nochero invisible, mi maquina de escribir hurtada cuando aun no cumplía quince años.

Tendré que esperar con las piernas fuera, para que el extraño sujeto se sienta como en casa.

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