martes, 19 de mayo de 2009

Crónica de una litera


Después de mirar la hora, se acomoda en el asiento, inclina su cuello hacia un lado, recortando el día con un viento ligero. Al otro lado hay tres señoras, una tiene cara de no haber dormido durante cinco décadas, de haber esperado en el polo norte un oasis de exageración. La otra se lleva los dedos a los ojos constantemente, queriendo sacarse de los parpados una fotografía rota de una escena feliz. La tercera no hace nada.

Antes de salir puso un vaso de agua sobre el fregadero. Las cortinas estaban sucias, los muebles tenían pedacitos de papel y una carta era leída por el frio de la mañana.

Sus tacones le recuerdan una de esas películas donde la protagonista corre y siempre pierde un zapato, una pierna, un amante, un mapa que le salvara la vida.

Le ve venir desde lejos, tiene un charco en el alma, ese hombre que viene casi corriendo, tiene una tormenta donde los paraguas son cuchillos de asesinos centrifugados y las latas de cerveza estallan en el cerebro, uno dos tres.

Llegas cinco minutos tarde.

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