lunes, 13 de abril de 2009

el cenicero es testigo


En los baños solían dejar colillas de cigarrillos y botellas con dosis moderadas de cerveza.

Él lo tomaba todo. Recogía los cigarrillos partidos en dos y los vasos desechables manchados con labial rojo, esos vasos que soportan el elixir de una vida desenfrenada.

Para él estas cosas eran solo retazos de felicidad y agonía, de amores incestuosos.

Luego de tomarlo todo, se miraba en el espejo, se sonreía, analizaba los dientes imperfectos y manchados, se fotografiaba con su consciencia el dolor y el abandono del pasado acumulado entre diente y diente.

El tiempo es indeterminado pero tranquilo, se decía mientras salía de wáter.

Inspeccionaba el lugar con aire de señordemeunamoneda. Miraba su reloj atrasado dos horas y se pasaba las manos por la cabeza, dando apariencia de un desesperado descubrimiento.

Al acercarse a la barra, mira de soslayo por encima de ambos hombros, para cuando el barman se le acerque note en su mirada la preocupación de un hombre gordo, desempleado y sin terceras oportunidades en el amor.

-ron bañado en coca-cola- decía.

No era el típico ronconcocacola.

Sabía perfectamente que en el mundo no habría suficiente líquido oscuro que bañara sus inquietudes y la pesadumbre de sus órganos.

Al momento de cerrar el bar, se levantaba de la silla decentemente, sin tambalearse, sin tirar el vaso, ni decirle al barman: ey tu hijo de la chingada, quiero pelear contigo esta noche.

El sujeto simplemente se levantaba, hacia una señal con los dedos, en ese lenguaje de toxicidad y amnesia pedía la cuenta y se iba del bar sin mostrar el fracaso de una noche sumamente alterada.

Así era siempre. Entre baños y barras. Entre el ron y la coca-cola. Subeteaquiydimealgo. Tomándolo todo. Absolutamente todo.

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